miércoles, 11 de abril de 2018

Las niñas de verdad no pueden volar

La Niña Arcoiris volaba en línea recta. Hacia las montañas. No sabía por qué iba allí, pero debía dirigirse a algún lugar. Si no, volar no tendría sentido.

Volaba con los brazos extendidos en cruz y las piernas muy juntas. De vez en cuando, realizaba volteretas y piruetas en el aire, descendía dando giros hasta marearse y volvía a subir de un impulso, para continuar boca arriba con la cabeza apoyada en las manos y silbando. El gélido viento se colaba por el cuello de su pijama, produciéndole escalofríos.

De pronto, comenzó a nevar. Al principio, la nieve caía despacio y después con mayor intensidad, pero la Niña Arcoiris no se detuvo. Bajo ella, estaba cuajando muy rápidamente. Contempló el paisaje fascinada. Hasta donde alcanzaba su vista, todo se había cubierto de una espesa capa blanca. Jamás había imaginado nada semejante. Deseó ser uno de esos copos de nieve que caían lentamente desde el cielo, bailando sobre sí. Tan geométricamente perfectos, desprovistos de preocupaciones... Para acabar, finalmente, fusionándose con el suelo. Se lo pensó mejor: ella no quería una vida tan corta.

La visibilidad era casi nula. Volaba mirando el bosque que se extendía bajo sus pies, cuando sintió un fuerte dolor en la cabeza. Miró al frente: las montañas parecían más lejanas de lo que la Niña Arcoiris recordaba. Se sacudió el pelo y se limpió la cara, colorada por el frío. Intentó seguir adelante, pero volvió a chocar contra una pared invisible. 

Recordaba esa sensación. La había sentido en innumerables ocasiones cuando estaba en casa o en la escuela y oía el ruido de las bombas. Esa horrible sensación de no poder escapar. Había soñado cientos de veces con volar y huir de aquel lugar en el que había nacido y que envenenaba los corazones de pérdida, mientras unos pocos echaban a suertes los destinos de personas invisibles, sin importar si se las llevaban por delante para lograr sus objetivos.

Y además, el miedo. Un miedo que corroía las entrañas, como un monstruo que devoraba ilusiones, infancias y almas inocentes para seguir con vida. Nadie debería enfrentar jamás ese pánico que olía a destrucción, menos aún cuando no se había rebasado la mayoría de edad.

Quiso gritar, pero estaba sola. Volar ya no le parecía tan divertido. "Sólo quiero ser una niña", deseó en voz alta.

En ese momento, sonó el timbre. Su padre volvía de trabajar. El "din-don" suave fue suficiente para despertar a la Niña Arcoiris de sus ensoñaciones. Suspiró aliviada y depositó sobre el estante la bola de cristal que la había regalado una mujer muy simpática el primer día que pisaron suelo europeo. Unos pocos copos blancos seguían cayendo sobre la pequeña superficie. 

Atrás quedaban sus años de oscuridad en Siria. Ahora, podía mirar los rostros de sus padres sin temor, porque no mostraban angustia, aunque sí arrastraban una sombra de melancolía y nostalgia... y mucho cansancio por sus continuos intentos para sacar adelante a la familia comenzando desde cero. Sin embargo, en su mirada brillaba un atisbo de esperanza.

La Niña Arcoiris abrazó el osito de peluche que su padre le había comprado el día anterior. Echaba de menos a sus hermanas, amigas y vecinas asesinadas, secuestradas, desaparecidas o huidas. Imaginó el momento feliz de los reencuentros. Mientras tanto, le esperaban nuevos juguetes, nuevas amigas, nuevos aprendizajes y nuevas dificultades. Nada comparable a lo que ya habían superado.

- Todo va a ir bien ahora- se dijo- Podré ser una niña otra vez. Y las niñas de verdad, no pueden volar.
                           

"Porque cuando la primavera llega, la nieve se derrite copo a copo, y tal vez lo que acababa de presenciar fuera el primer copo de nieve que se derretía." (Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini)

"Ella sigue adelante. Porque sabe que no puede hacer otra cosa. Eso y tener esperanza." (Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini)