viernes, 17 de noviembre de 2017

Tragicomedia social (aunque yo soy optimista)

¿Alguien me puede explicar el porqué del incremento de los discursos de odio? ¡Las redes arden, las familias se dividen, las amistades se disuelven, los países entran en guerra y la sociedad se afana en esclavizarse y adorar una idea como si fuera absoluta.

No sé puede querer a todo el mundo ni con toda la gente se va a compartir gustos, aficiones o ideales, pero ¿ese desprecio extremo hasta la violencia? ¿Ese deseo de aniquilar a la/s otra/s parte/s? En serio ¿no tenemos otra cosa mejor que hacer?

El odio es un sentimiento intenso y duradero, que nos embriaga porque sentimos que se nos ataca personalmente. No odiamos la maldad de una persona, odiamos a esa persona porque- para nosotr@s- es mala. Focalizamos tanto la atención en lo malo que nos impedimos ver lo bueno. El odio ciega, mientras que el amor es siempre clarividente. Sin embargo, aquello que odiamos de las demás nos descubre algo de nosotr@s que entra en conflicto y no siempre es agradable ser consciente. Por ejemplo, me cae mal alguien que siempre me deja mal en público, ¿tan importante es para mí la imagen que doy? Vale, sí, da rabia, pero ¿qué más da si yo sé quién soy?

No creo que el odio sea un sentimiento malo de por sí porque nos nace natural, lo que me preocupa es la voluntariedad con la que odiamos. Sabemos que odiamos y queremos seguir haciéndolo, llevándonos por delante a quien sea necesario. Y a veces, resulta incoherente: "Odio a las personas homófobas porque no respetan a las personas homosexuales. Vamos a odiar a l@s musulman@s porque son tod@s un@s homófob@s". Y es un ejemplo. También es verdad que hay algunos discursos de odio menos tolerados que otros y que hay sensibilidades excesivamente irascibles. Pero no empecemos a generalizar y a dejar de ver a las personas porque sólo veamos ideas, por favor.

La realidad es que existen ideas que son radicalmente negativas, es verdad y duro de asimilar en esa sociedad relativista. La tortura a cualquier ser vivo o el asesinato, son algunas de ellas. 

Hace poco me contaron que, en una entrevista a un miembro de la banda terrorista ETA que había matado a un empresario, le preguntaron si se arrepentía de haber matado a una persona y él contestó que no, porque no había asesinado a una persona, sino a un empresario. Es un ejemplo claro de cuando las ideas nos quitan visión.

"Conócete, acéptate, supérate" (S. Agustín)
Y claro, también está el argumento de la libertad de expresión. "Puedo entrar desnuda a una iglesia en medio de la misa para manifestarme porque soy libre de expresarme". No obstante, no puedes hacer lo que te venga en gana. Entiendo que la libertad de expresión es otra cosa y siempre que existe violencia, se deja en evidencia que se han traspasado los límites de la libertad individual. Sé que hay mucha gente que no piensa así, que cree que para conseguir algunas cosas es necesaria la aniquilación del otro bando y pasarse sus derechos por el forro, pero es una error. Y es que el odio se manifiesta en la falta de aceptación. Que cada cual se examine interiormente cómo le deja eso, pero no se puede exigir tolerancia si no se ofrece.

Hay mucha gente que dice estar indignada, pero lo que está es resentida. Los sentimientos son parecidos, pero mientras que la indignación va dirigida a algo y nos inclina a protestar, denunciar y a sentir compasión por las víctimas; el resentimiento se dirige a alguien y nos conduce al castigo y la venganza.

Hay un tema con el que me cuesta canalizar mi agresividad y es el de la violencia machista, la prostitución... y todo lo relacionado con la desigualdad de género. Me lo estoy trabajando, pero es difícil, sobre todo cuando estás convencida de tener la razón. Sin embargo, intento que mis ideas no supongan un mal para el resto, que promuevan cosas buenas y justas. Estoy en ello, porque a veces no se puede ser pedagógica.

Que si ser de izquierdas o ser de derechas; monarquía o república; que si creer en Dios significa ser homofóbic@; que si eres feminista no puedes ser provida o que si eres provida no puedes ir a las manis lilas; que si las personas migrantes son unas vagas que subsisten con ayudas sociales; que si tal etnia; que si las personas con discapacidad; que no al hiyab pero sí al bikini; que si las banderas; que si eres separatista mereces la hoguera y si amas tu país, te crucifican por facha; que si es gord@... o flaco; pero es pobre; que si la dieta vegana, las peleas entre hinchas de equipos de fútbol masculino... bla bla bla. 

La mejor gente es la sencilla y la gente sencilla es rica y pobre; del sur o del norte; de piel amarilla, negra o roja; de derechas y de izquierdas; agnóstica o religiosa, de playa nudista o de burkini; de cualquier orientación sexual y dietas diversas. ¿En serio hace falta recordar nuestra dignidad intrínseca? ¡Que la otra persona no piensa como piensa para fastidiar, sino porque cree que es lo mejor ...! ¿Para sí mism@? Puede. Por ello, está guay que se debata, que haya conflictos para seguir evolucionando, pero nunca faltas de respeto.

Una de las causas de está patología del odio es que estamos aburrid@s y tenemos que buscar algo que nos estimule. Estamos tan sobreexcitad@s, que lo que nos debería hacer sentir, nos resbala. Caemos en la apatía y en el egocentrismo de buscar para nosotr@s mism@s experiencias provocadoras. Necesitamos encontrar sensaciones placenteras. No importa qué hacer sino qué me hace sentir y nos olvidamos de que hay mundo más allá de nuestro ombligo. 

En redes sociales, amparad@s por el anonimato y alentad@s por la pertenencia a distintos grupos se cometen auténticas barbaridades. Una pena, porque estas herramientas pueden apoyar acciones y proyectos muy nobles, aunque sus frutos los veamos a largo plazo. ¿Por qué no estamos dispuest@s a esperar? Parece que en una sociedad reducida al emotivismo como la nuestra, si algo no me hace sentir nada de inmediato, no vale la pena. ERROR.

Si el amor es clarividente y el odio focaliza la mirada en lo negativo, la indiferencia es el no querer mirar. Por eso, hay que educar la mirada. Y ordenar los afectos. Para lo cual hace falta voluntad. Creo que casi todo en la vida se puede cambiar con la fuerza de la voluntad.

Por otro lado, la insatisfacción que conduce al aburrimiento permanente, además de una carga frustrante que soportar, es también una oportunidad para la meditación, para autoconocerse, para la creatividad... como l@s niñ@s cuando no tenían tantos juguetes y se los inventaban. 

El verdadero problema es cuando la indiferencia nos lleva a ser frí@s y cómod@s ante los grandes problemas del mundo. Cuando hablo de mundo, me refiero a la guerra de Siria, las personas retenidas en los CIEs en España y la situación de mi vecina del quinto que se ha divorciado y no tiene empleo. 

¿Preferimos ocuparnos en otras metas más rápidas? ¿De verdad nuestro objetivo es ser mediocre? Creo (y espero) que no. 

Es verdad que no podemos comprometernos con todo y que empatizar demasiado con todas las situaciones nos impediría disfrutar de la vida. Desear hallar el punto medio entre estos dos extremos es un buen inicio. Y seguir formándose y educar. 

Porque la ignorancia es motivo de odio y de indiferencia. Quien conoce, puede amar. La persona que ama bien no le hacen falta normas porque el amor está bien educado. Quien no ama, no va a ver bien el bien moral por hacer. Cuando somos egoístas, no vemos que estamos mal. Y nos pasa. Y nos damos cuenta cuando salimos del atolladero y echamos la vista atrás.

Debemos buscar un interés que nos motive a actuar de cara al exterior. La motivación tiene una fuerza atractiva. Cualquier cosa que nos parece interesante nos despierta una exigencia, un deseo que nos conduce a salir de nosotr@s. 

ODIO. ABURRIMIENTO. INDIFERENCIA. Los tres lados del triángulo del mal.

AMOR. RESPETO. INTERÉS. CREATIVIDAD. COMUNIDAD. Las cinco patas donde asentar la vida.

Me he centrado más en lo malo, pero es que lo bueno no requiere de explicación, porque se disfruta, se siente, se vive (y no cuesta ponerle nombre).

¡Ánimo! Nos nos dejemos engatusar por aquellos cantos de sirenas que nos inducen a tirar por la borda y despreciar las pequeñas acciones cotidianas a favor de la PAZ. 

"Sin embargo, el derecho, con ser imprescindible, no basta. Porque el conflicto entre libertad de expresión y discurso del odio no se supera solo intentando averiguar hasta dónde es posible dañar a otros sin incurrir en delito, hasta dónde es posible humillar su imagen sin llegar a merecer sanciones penales o administrativas. En realidad, las libertades personales, también la libertad de expresión, se construyen dialógicamente, el reconocimiento recíproco de la igual dignidad es el auténtico cemento de una sociedad democrática. Tomando de Ortega la distinción entre ideas y creencias, que consiste en reconocer que las ideas las tenemos, y en las creencias somos y estamos, podríamos decir que convertir en creencia la idea de la igual dignidad es el modo ético de superar los conflictos entre los discursos del odio y la libertad de expresión, porque quien respeta activamente la dignidad de la otra persona difícilmente se permitirá dañarla. (...)

Cultivar un êthos democrático es el modo de superar los conflictos entre la libertad de expresión y los derechos de los más vulnerables. Porque de eso se trata en cada caso: de defender los derechos de quienes son socialmente más vulnerables y por eso se encuentran a merced de los socialmente más poderosos." - Adela Cortina (Artículo completo aquí)

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