sábado, 16 de julio de 2016

Simplicidades

Tengo el deseo de realizar una tarea importante en la vida. 
Pero mi deber está en realizar cosas humildes como si fueran grandes y nobles.
 (Helen Keller)

          El mundo está muy mal. Lo que lo salva es el
 tipo de personas que elegimos ser.
Hacía tiempo que no me sentía así: tan bien. Es un sentimiento ensanchante llamado agradecimiento. Un agradecimiento de verdad, no de esos que das desde la cabeza y por educación, sino de ése que lo escuchas palpitar en el corazón.

Desde que terminé la carrera hay una pregunta que siempre me ronda esté donde esté y haga lo que haga: “¿Qué estoy haciendo yo aquí?” No es que haya encontrado mi lugar en el mundo, si no que durante estos días, la posible respuesta tenía un color más optimista. No es que haya hecho gran cosa y creo que es precisamente por eso, porque lo más real de la vida está en los pequeños detalles cotidianos, en vivir con simplicidad, lejos de la superficialidad y el éxito.

Este verano, durante mi semana de vacaciones me fui a Barcelona con las Hermanitas de l@s Pobres, una congregación religiosa que cuida de las personas mayores con las pensiones más bajas, siguiendo los pasos de Juana Jugan, una mujer extraordinaria a la que se puede reconocer en muchas de las hermanitas actuales.

En una preciosa residencia entre la Plaza Tetuán y la calle Caspe, conviven un centenar de abuel@s con una docena de monjas (más emplead@s y voluntari@s) en un ambiente de familia difícil de encontrar en cualquier otro asilo.

Me ha encantado ser testigo presencial de la sencillez que se vive entre esas cuatro paredes. Cuando veo las noticias, a menudo la humanidad me desilusiona y me asquea, pero esta experiencia me ayuda a comprender que la esperanza se cuece a fuego lento y mientras existan personas buenas, capaces de iluminar la noche del mundo y curar sus heridas, puedo permitirme ser positiva y tener fe en la gente.
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Me gustan los detalles simples. Me gusta ser consciente para exigirme seguir viéndolos, aun cuando desearía y pediría más.

Me gusta el trato amable y las sonrisas rutinarias. La sonrisa de una anciana que no habla, los chistes malos de otra, las correcciones de una abuela válida y los pequeños detalles de tod@s.

Me gusta ver pasar a las hermanitas, siempre con prisa, siempre currando... incluso de mayores, superando los 70. Me gusta cómo cuidan a l@s residentes para que no les falte de nada, para que estén content@s. Admiro la suavidad y la ternura inimitable con la que despiertan y preparan a l@s enferm@s cada mañana, sin permitir que una rutina de años reste un ápice de dulzura. 

Me gusta cómo la hermanita de la enfermería está pendiente de todo, como una mamá, y que le salga de un modo tan natural, conservando la sonrisa intacta. Me gusta ver su hábito blanco en la capilla, escucharles cantar las oraciones, que controlen los protocolos litúrgicos como algo normal en su día a día; que me saluden por la galería y que la hermanita del comedor se esmere tanto para que todo el mundo disfrute de la comida.

Me gusta su gratuidad, que te ofrezcan todo lo que son y tienen sin pedirte nada a cambio, que te acojan como si fuera tu propia casa, su confianza en la Providencia por medio de san José, que siempre tiene una notita con peticiones, un cartón de leche o un bote de café.

Me admira ver cómo se esfuerzan, su capacidad de entrega, de vencerse a sí mismas, de no cansarse nunca a pesar de tanto trabajo, del calor... que yo al tercer día ya estaba para el arrastre. Me gusta ver envejecer a las hermanitas, que sean parte de mi historia... aunque también me entristece.

Me gusta ver a la madre superiora de la casa, a la que quiero de una manera sobrenatural, como siempre que se quiere de verdad a alguien. Me gusta reconocerla por el filo del velo tras las esquinas, intuir su don para la bilocación. Me gusta ver como trata a l@s abues, con qué paciencia y su talento malagueño para hacerles reír. Me gusta sentarme a su lado en el recreo, escuchar sus carcajadas, hablar con otras hermanitas sin tomarse en serio nada que no merezca la pena. Me gusta disfrutar de su mera presencia, aunque no tengamos tiempo para charlar. Me gusta la inocencia de su corazón de niña. Me gusta porque vive lo que cree con intensidad, pero desde esa humildad de quien sabe que imponer sólo aleja a las personas de la verdad que todas llevamos grabada a fuego dentro. Me gusta que la esperanza sea su filosofía de vida. Trasmite una alegría inagotable, una energía arrolladora, una paz profunda. Creo que Jesús de Nazaret, con otra cultura y en otra época, sería muy parecido.

Sin duda lo mejor de estos días han sido l@s abues, de l@s que me enamoré completamente y eso que ganarse a l@s ancian@s catalanes no es nada fácil. Me encanta sonreírles, aun más, me encanta no poder reprimir la sonrisa cuando l@s veo desde lejos.

Me gusta que en la capilla siempre haya algún ancian@ sea la hora que sea, para que el Señor siempre esté acompañado por almas grandes, que le hablan desde lo profundo de su ser, con una transparencia y sinceridad que me desborda. Me gusta escuchar sus cuchicheos que oye todo el mundo porque la sordera les hace hablar con un par de decibelios de más. Me gusta rezar con ell@s, compartir banco con ell@s.

Me gusta darles de comer y chinchar a las abues que peor carácter tienen. Hablar con abues enfermas, aunque no me contesten o si lo hacen, suelten un montón de incoherencias. Me gusta su (dis)capacidad para olvidar y no guardar rencor y su ceguera ante los errores ajenos. Que sólo sepan ver las virtudes de las personas.

Me gusta estar con las empleadas, conocerlas y quererlas, porque también son personas heridas.

Me gusta servir y recoger las mesas del comedor de l@s válid@s y entre ir y venir, charlar... Me gusta recorrer la vieja Barcelona a través de sus ojos, una ciudad mágica a través de sus historias. Me gusta pasear con ell@s por una Barcelona majestuosa, caótica, cosmopolita. Me gusta conocer sus aficiones, sus mejores recuerdos y sus cartas de amor. Me gustan es@s abues que son de otras partes del planeta y tienen ese hablar suave y esas expresiones tan divertidas. Me gusta visitarles en sus habitaciones y que me cuenten cosas de épocas pasadas. Me gustan que se sientan escuchad@s y acompañad@s.
Hay que estar siempre de buen humor. A nuestr@s ancian@s no les gustan las caras tristes
(Sta Juana Jugan)
Me gusta que algunas abuelas no puedan parar quietas y estén en todas las salsas de la casa, que tengan unas ganas de vivir tan enormes y que l@s que ven un poquito más de cerca a la hermana muerte, no le tengan miedo, que hablen de ella sin tabúes, porque tienen conciencia de eternidad y de que su vida acaba de empezar. Me gusta que haya abuelas con ideas súper modernas sobre temas controvertidos y que no sean sumisas ni resignadas. Me gusta su disponibilidad. Me gusta que me hablen en catalán para, al rato, decirles que no me he empanao de nada, pero que no pasa “res”.

Me gusta la sobriedad que hay en todo, en toda la casa, en la decoración, en el ambiente. Que l@s abues quieran a las monjitas y que se lo digan, que se preocupen y pregunten por ellas. Me gusta palpar el cariño mutuo. Me gusta tocar a Jesús herido en realidades concretas como estas, poder vivir la religión en contacto con las personas y no desde aspectos etéreos o abstractos. 

Me gusta ver esas hermanitas que son como una abuela más: tan dulces, arrugadas y desmemoriadas que entran ganas de abrazarlas y apretujarlas. Me gusta acompañar a un anciano sacerdote, que me dé la manica y me vacile de una forma que alucino. Me gustan las despedidas que te dejan buenas sensaciones, en las que se note que los momentos compartidos han marcado. Y es que l@s abues son especialistas en hacer emocionante el   adiós.

Y en medio de tanta perfección, me encanta que se cometan errores... no sé, igual es porque me siento terriblemente identificada con la torpeza, pero me provoca ternura que la gente se equivoque de repente.

Me gusta ver una ciudad llena de vida tras las rejas de mi ventana y sentir el aire fresco del ventilador cuando, tumbada sobre la cama, me da en los pies. Me gusta la claridad que entra por las vidrieras de la capilla al mediodía y oír los sonidos de la calle, como un lejano ronroneo permanente. 

Me gusta pasear a solas por la ciudad, perderme en sus calles y reencontrarme sin querer. Me gusta mezclarme con guiris y los grupos de chin@s abarrotando las aceras. Me gusta la arquitectura gaudiana. Me gusta los espectáculos callejeros de las Ramblas y la música que recorre los callejones del barrio gótico. Me gusta sentarme en el paseo marítimo, cerrar los ojos y que esa brisa que huele a mar me roce la cara. Me gusta la gente tan diversa que va a su bola por el Raval. Me gustan las empinadas cuestas de Pedralbes y sus lujosos caserones... y allá en lo alto: el Tibidabo, con ese Cristo que abraza una ciudad que contiene el mundo entero.


"La vida dura un instante, pero basta este instante para emprender cosas eternas" (E. Bersot)
“Nunca olvides los beneficios recibidos, olvida pronto los que hiciste” (Publio Siro)