martes, 2 de febrero de 2016

La rebelión de los maniquíes desnudos

"Cuenta la leyenda, que hubo una vez
una manada de maniquíes que se opuso
a que los convirtieran en meras perchas de ropa y etiquetas..."

Hace tiempo que quería escribir sobre las etiquetas. Pero sin el deseo de criticar a nadie (aunque sí algo), porque supongo que muchas veces -y la mayoría de ellas inconscientemente- también yo intento cumplir con mi etiqueta, me aferro a ella para no ser contradictoria y no salir de mi zona de confort.
Me han llamado conservadora y revolucionaria, feminazi y provida, hipster y descuidada, hippie y capitalista. Para mi profe de ciencias naturales era la chica del 4'75. Mucha gente me tiene por una persona tímida y en otros ambientes, en cambio, soy la payasa. No me identifica ninguna de esas clasificaciones. No totalmente. Al menos, en esta etapa de mi vida.

También la publicidad, la sociedad, la familia nos impone ciertos roles que “debemos” asumir. Las mujeres “debemos” resaltar por encima de todo la belleza física y el servicio incondicional (si no, nos convertimos en feas, gordas y malas). Los hombres “deben” ser atléticos, fuertes, sin demostraciones de ternura (y menos con el mismo sexo) ni de debilidad. 

Por no hablar de cómo las mayorías etiquetan de forma negativa ciertos comportamientos de minorías, sólo porque no son los habituales para la cultura predominante. Según la teoría de la reacción social, intentamos cumplir con las etiquetas que nos ponen, por tanto, si tildamos a alguien de delincuente, esa persona lo va a ser (explicado a grosso modo). Y esto verifica que los conflictos sociales son una cuestión comunitaria y no sólo de individuos concretos. Pero ese es otro tema del que no escribiré hoy.

La verdad, sólo quiero ser yo, con mis defectos y mis dones, pero yo al fin y al cabo. Siempre en esa búsqueda incansable de la verdad y con ella, la justicia. Con ideas de diferentes colores, pero que soy capaz de razonar por mí misma, aunque eso conlleve no pertenecer a ningún grupo o a varios, pero no del todo. 

No quiero preocuparme por mi forma de vestir, por cómo llevo el pelo ni por mis gustos musicales; no quiero sentir culpa por ser quien soy, aunque tenga ilusiones estúpidas, sueños imposibles, comportamientos tradicionalmente masculinos y en muchas ocasiones me sienta a medio camino entre dos polos opuestos. Y lo que es más importante, no quiero controlar cada palabra que salga de mi boca, dependiendo de quien esté presente; ni poner trabas a mis pensamientos porque no se ajustan a la imagen que me gustaría tener de mí misma y dar a l@s demás. No voy a esconderme tras un muro. 

De hecho, el problema no es mío, sino de la mirada ajena que espera estereotiparme. Y en esa mirada estamos todas las personas, no importa la ideología. Todas demostramos nuestra intolerancia, nuestra hipocresía. Ya lo decía la gran Chavela “a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.
El único pecado que no se perdona en España es el de no tomar bando y resistirse a unirse a un rebaño u otro.
El que tiene mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego (C.R.Zafón)
Necesitamos encasillar a la gente para que no nos sorprendan y hagan cosas que no hemos previsto. Pretendemos colonizar las mentes porque todo el mundo cree que su postura es la mejor. Queremos imitar a personas que parecen más felices, pero todo el mundo sufre rupturas y dificultades, la incomprensión, el miedo... aunque haya quien prefiera mostrar sólo la cara amable de su rutina.

Me molesta que no se respeten las ideas, opiniones y sensaciones de otras personas, simplemente porque son totalmente opuestas a las propias, no están de moda o cualquier otra razón. Insultarlas es insultar a quienes las defienden. Que pensar diferente nunca nos aleje de nadie, porque querer y tolerar a quien nos cae mal es igual a promover el buen trato que todo ser humano sin excepción merece.

"La mayoría de las personas crean su identidad personal en función de su identidad social. La autenticidad implica cambiar esta mentalidad"

Hay que ignorar la dictadura del etiquetado. Ser lo que somos, un desastre casi siempre, pero ¿a quién le importa? Si nos quieren, que sea por mostrarnos sin ataduras. El cariño se regala, no es algo que tengamos que comprar a cambio de nosotr@s mism@s.

El logro del patito feo no fue convertirse en cisne, fue abrir los ojos y la mente y decir: “cáspita, soy un cisne”. Manda a paseo todo lo que él creía saber sobre sí mismo y empieza una nueva vida, sin dejar que nadie le dijera quién es o qué podía esperar de la vida.

Patitos feos del mundo, romped ese nefasto espejo imaginario de una vez, extended esas hermosas alas de cisne, lanzáos al futuro con raudo vuelo de águila. (Jesús Mª Iriarte, psicólogo).


Afortunadamente, el alma de cada persona es mucho más profunda, es eterna.
Hay almas que uno tiene ganas de asomarse a ellas, como una ventana llena de sol (Lorca)