miércoles, 30 de noviembre de 2016

Mi hermana negra

A Fatou.

Nadie lo sabe, pero tengo una hermana negra.
Una hermana africana, que vive en una choza.
Trabaja el campo con su hijo cargado a la espalda.
Con la mirada perdida en la nada.

Mi hermana de vientre hinchado y tez amarilla.
Mi hermana murió al nacer.
Ella murió al dar a luz.
Murió de sida, malaria y desnutrición.

Pesadillas de agua contaminada,
desierto,
hambre.

Su padre la vendió
a un monstruo maltratador,
y ella será repudiada y quedará sin derechos.
Forzada a no ser, pero sí a hacer.
Privada de sus hijas.
Invadida. Nadie.

Arma de guerra.
Que sufre y no tiene rostro.
Que grita y no tiene voz.
Invisible.

Cada día es violada por una multitud.
Huye a Europa en patera,
y la engañan para ejercer la prostitución.
Emigrante. Sin valor.

Tengo una hermana negra, indígena,
trabajando 14 horas al día en una maquila.
Descendiente de esclavas.
Ha cambiado de amo.

Tengo una hermana guerrera.
Todavía es oscuro cuando emprende el camino
para ir a la escuela.
Montaña arriba,
a través de ríos,
 y autostop.

Discriminada en Occidente,
odiada en Oriente.
Perseguida,
refugiada
mal querida
e ignorada.

Abortada por ser mujer.
Mutilada recién nacida.
Obligada a casarse siendo niña .
Quemada por no pagar la dote.

Rostro desfigurado,
mejor no mirarlo,
mejor no acariciarlo,
mejor no besarlo.

Tengo una hermana valiente
que sonríe a la cámara
a pesar de estar cansada
porque se alegra de verte.

Mujer vuela.
Mujer baila.
Mujer canta.
Mujer fuerte.
Mujer nómada.
Mujer superviviente.

Pocas lo saben. Pero todas tenemos una hermana negra.
Las Nadies
Quien no se mueve, no siente sus cadenas

sábado, 24 de septiembre de 2016

El lado izquierdo del camino

"Si fueras siempre sol de primavera, 
si siempre fueras linda vida buena,
ya no te querría..."
(El Kanka)

Trabajo en un barrio que me tiene enamorada. No es que sea obrero, que también, pero es más que eso. Es simple y bastante pobre. Sus vecin@s son personas humildes que han luchado toda su vida por un bienestar que parece estarles vetado. Me encanta su esencia de pueblo, como si estuviera a decenas de kilómetros de la ciudad. Me encanta esa iglesia abandonada con su fachada de ladrillo y su suelo de piedra. Junto a ella, una colorida asociación de artistas okupas y un espacio abierto donde vive gente en sus caravanas. Las fábricas desiertas, las viviendas viejas... Ese ambiente que se respira me produce fascinación.

También me gusta la naturaleza salvaje, ésa que no depende del ser humano y que crece a su aire. 

A la tarde, cuando vuelvo a casa, voy por un paseo que separa dos paisajes. A mi derecha, el campus universitario, tan cuidado... Con su césped verde, bien cortado, sin apenas hojas secas, llano, sin obstáculos que te hagan difícil el camino. Es perfecto para sentarse a charlar o almorzar. De hecho, veo a varios grupos de estudiantes así, disfrutando de este otoño primaveral. Veo, además, un antiguo pozo que le da un matiz romántico al lugar. Como el de esas películas alemanas que echan los sábados por la tarde y que resultan irreales.

El otro lado creo que no pertenece a la Universidad de Navarra, porque la hierba está a corros, con zonas de color pajizo y secas, las ramas que se han soltado de sus troncos crujen bajo mis pies. Igual la hojarasca que cubre de forma intermitente los hierbajos. En general, es más frondoso y las plantas crecen con más desparpajo entre el terreno desnivelado. Hay más árboles y están más apretados. Si miras hacia arriba, es como si quisieran unir sus copas para atraparte bajo su sombra. No se trata de las majestuosas secuoyas del campus, son árboles más comunes, aunque no sé identificar su especie. Por allí, también corre un riachuelo y el paisaje es más rocoso, incluso hay una pequeña cueva escondida tras la melena de un sauce y las enredaderas, crecen a su antojo. 

Si tuviera que elegir, me quedo con el lado izquierdo del camino. El campus es muy bonito y confortable, pero menos auténtico, incluso su verde me parece más artificial y el canto de las aves que allí anidan, más ficticio.

El lado izquierdo está menos contaminado por la mirada ajena, es lo que es, sin más pretensión. Y su libertad rebosa un encanto especial. Lo reconozco, a pesar de que soy de las que abraza el suelo embarrado a cada dos pasos cuando voy de excursión a la montaña. Se me da fatal el senderismo entre naturaleza salvaje, pero ¡qué le voy a hacer! Acepto mi propio "lado izquierdo", mi imperfección -la torpeza es sólo una pequeña parte de ella- y le tengo cariño porque me hace reír, me reencuentra con mi niña interna, me habla de mi subconsciente y repasa mi historia a través de mis heridas (cicatrizadas o no).
Supongo que la vida, de vez en cuando, también nos pone en su lado izquierdo, menos cómodo y agradable. Pero gracias a él aprendemos, nos fortalecemos y podemos disfrutar de valles floridos, sintiéndonos orgullos@s de haber sobrevivido a las condiciones adversas y siendo más capaces para enfrentarnos a ellas otra vez.

domingo, 21 de agosto de 2016

El superpoder de cuidar

Lo opuesto a una cultura masculina de la violación 
es una cultura masculina afectiva: hombres aumentando 
su capacidad de dar cuidados (Nora Samaran)
Amar es cuidar. Hace tiempo que vengo dándole vueltas a este tema y al por qué a los hombres les afecta tanto en su masculinidad que se les pida que cuiden, ¿es que no aman? ¿Es que l@s hij@s no son también suy@s? ¿O sus madres/padres? ¿O la casa que siempre quieren ver limpia? ¿O sus camisas y calzoncillos? (Por supuesto, no hablo de aquellos que se deconstruyen, que cuestionan sus prejuicios y que no ayudan a sus parejas sino que hacen la mitad del trabajo doméstico, según les corresponde).

Una amiga tiene la teoría de que no es machismo sino desidia y el patriarcado sólo les reafirma para que no se sientan culpables por mantener unos privilegios ilógicos, mientras que con las mujeres hace todo lo contrario. Porque cuidar cuesta. Cuesta tiempo y cuesta esfuerzo. Pero lo que más cuesta es la obligación del cuidado a cambio de nada, gratis, a cambio de descuidarte, en nombre de un amor desinteresado, ilimitadamente generoso. ¿Por qué no se habla del síndrome de la cuidadora quemada que padecen tantas amas de casa? Hombres y mujeres deberíamos repartirnos las tareas, por justicia, por plenitud individual y porque así tendríamos más tiempo para el autocuidado, para las relaciones sociales, para las aficiones, en resumen, para disfrutar la vida. 

No podemos seguir plegadas a las necesidades, expectativas y deseos de los demás, para que nos quieran. No te dejes convencer por la imposición de "sufrir por amor". No valen los razonamientos estúpidos, ésos de "ellos no lo hacen tan bien, no saben", "friego los platos y hago como que no me doy cuenta de que la chapa está sucia, ya la limpiará ella...", "si por naturaleza, dais de mamar, también tenéis que cocinar" (No, no me lo invento. Lo he oído), "el instinto maternal...", "las mujeres caéis más en los detalles". No. Dímelo a mí que soy la persona más despistada sobre el planeta Tierra y ésto no me resta feminidad. Y tampoco sé cocinar, por cierto. Y no pienso planchar en mi vida. 
El cuidado debe ser libre, un espacio de igualdad, sin dominación ni subordinación.

Reivindicar el valor de cuidar
Una vez aclarado este aspecto, creo que el mayor superpoder que existe en el mundo es el de cuidar. Cuidar es amor en acción, en lo concreto. La política no soluciona problemas, no sólo de idealismos vive la persona y el dinero no lo puede todo. Cuando cuidamos entramos en el mundo de la otra persona, compartimos su intimidad y entonces, se inicia un mecanismo mágico que nos ensancha el corazón y nos conecta con la humanidad, con lo importante, con el sentido de la existencia. Cuidar nos ayuda a percibir nuestra debilidad, nuestra necesidad de comunidad, de no estar sol@s. Cuidar nos enseña verdades como puños como que no hay mayor regalo que la persona que tengo enfrente y que me acepta, dándome la posibilidad de acceder a su universo. Cuidar es proteger, velar, defender la dignidad de la gente, su derecho al bienestar, a la calidad de vida.

Tenemos el ejemplo de nuestras madres. No hay nada como una madre, una heroína disfrazada. Aunque casi nunca se les reconoce su labor. Sin embargo, la maternidad no implica ser una superwoman que sacrifica todo por la familia. Imponer ese modelo de madre a las mujeres también es violencia. 


El feminismo ha luchado por conseguir que las mujeres tengamos los mismos derechos que los hombres, algo que es de agradecer, de agradecer un montón; pero últimamente también creo que intentamos imitar a los hombres en todo, hasta en lo que hacen mal, hasta en dejar de cuidar. Deberíamos promover que ellos nos imiten a nosotras: en estar disponibles, en ser constantes y responsables, emocionales, menos rudos, no violentos, en ser menos competitivos y más cooperantes, en no cosificar al sexo opuesto y ser más tiernos, y por supuesto, en los cuidados... porque nos estamos perdiendo un modo diferente de hacerlo, su visión, su estilo.
Deberíamos revalorizar el cuidado. En casa y fuera de ella. En ambientes de familia y amistad, tiene que haber reciprocidad e igualdad de condiciones. Con desconocid@s, el cuidado es voluntario, pero comprometido.

Reconozco que me cuesta salir de mi zona de confort. Que soy una perezosa. Pero si nadie me obliga a hacerlo, me motivo a mí misma. Porque quiero usar el superpoder de cuidar. Porque soy sal de la tierra y luz del mundo, y una no puede desperdiciar las oportunidades que le ofrecen para llevar a cabo su misión. Ser, a veces, no es suficiente, ¡yo deseo iluminar!

Antoine apuró la taza de café antes de levantarse a echar medio leño al fuego. Luego declaró: 
- El amor verdadero es esto. 
- ¿Qué quiere decir? 
- El amor es echar siempre un tronco al fuego. Solo así se mantiene encendida la llama. Suena obvio, pero demasiada gente lo olvida. Por eso se llevan mal tantas parejas. Si quieres amar de verdad, recuerda esto, chico: aunque estés cansado, tendrás que ir a buscar un leño para alimentar el fuego. Si no lo haces, por la mañana sólo encontrarás las cenizas de lo que había sido tu amor.

Sí, quizás el amor más que un sentir es un cuidar de manera constante, un corresponder, un delicado juego de equilibrios que implica consciencia para valorar lo que recibimos del otro y también lo que el otro es, y que la otra parte sienta y reconozca esa correspondencia. Cada día uno debe poner su leño en el hogar. Así, desde ese reconocimiento mutuo surgen el equilibrio, el respeto, la admiración, la gratitud; la llama se mantiene viva y regalando calor. 

Amar, sin duda, es no solo querer lo mejor para el otro, sino también contribuir a que eso suceda. Y eso no es solo aplicable al universo de nuestras parejas, también de nuestras amistades, también de las personas a las que apreciamos en el ejercicio de nuestro trabajo.

La falta de consciencia, la pereza y la inercia son malas compañías en este proceso. Llevan a no poner ese tronco en el hogar y, necesariamente, la llama del afecto se va apagando hasta desaparecer. (Fragmento de "Un corazón lleno de estrellas")

No hay amores eternos, hay amores bien cuidados.
El amor, para que sea auténtico, debe costarnos (Madre Teresa).
Nunca imaginaríamos una historia de amor sin intimidad, pero no estamos casi nunca a solas con nuestro propio deseo.

sábado, 16 de julio de 2016

Simplicidades

Tengo el deseo de realizar una tarea importante en la vida. 
Pero mi deber está en realizar cosas humildes como si fueran grandes y nobles.
 (Helen Keller)

          El mundo está muy mal. Lo que lo salva es el
 tipo de personas que elegimos ser.
Hacía tiempo que no me sentía así: tan bien. Es un sentimiento ensanchante llamado agradecimiento. Un agradecimiento de verdad, no de esos que das desde la cabeza y por educación, sino de ése que lo escuchas palpitar en el corazón.

Desde que terminé la carrera hay una pregunta que siempre me ronda esté donde esté y haga lo que haga: “¿Qué estoy haciendo yo aquí?” No es que haya encontrado mi lugar en el mundo, si no que durante estos días, la posible respuesta tenía un color más optimista. No es que haya hecho gran cosa y creo que es precisamente por eso, porque lo más real de la vida está en los pequeños detalles cotidianos, en vivir con simplicidad, lejos de la superficialidad y el éxito.

Este verano, durante mi semana de vacaciones me fui a Barcelona con las Hermanitas de l@s Pobres, una congregación religiosa que cuida de las personas mayores con las pensiones más bajas, siguiendo los pasos de Juana Jugan, una mujer extraordinaria a la que se puede reconocer en muchas de las hermanitas actuales.

En una preciosa residencia entre la Plaza Tetuán y la calle Caspe, conviven un centenar de abuel@s con una docena de monjas (más emplead@s y voluntari@s) en un ambiente de familia difícil de encontrar en cualquier otro asilo.

Me ha encantado ser testigo presencial de la sencillez que se vive entre esas cuatro paredes. Cuando veo las noticias, a menudo la humanidad me desilusiona y me asquea, pero esta experiencia me ayuda a comprender que la esperanza se cuece a fuego lento y mientras existan personas buenas, capaces de iluminar la noche del mundo y curar sus heridas, puedo permitirme ser positiva y tener fe en la gente.
**

Me gustan los detalles simples. Me gusta ser consciente para exigirme seguir viéndolos, aun cuando desearía y pediría más.

Me gusta el trato amable y las sonrisas rutinarias. La sonrisa de una anciana que no habla, los chistes malos de otra, las correcciones de una abuela válida y los pequeños detalles de tod@s.

Me gusta ver pasar a las hermanitas, siempre con prisa, siempre currando... incluso de mayores, superando los 70. Me gusta cómo cuidan a l@s residentes para que no les falte de nada, para que estén content@s. Admiro la suavidad y la ternura inimitable con la que despiertan y preparan a l@s enferm@s cada mañana, sin permitir que una rutina de años reste un ápice de dulzura. 

Me gusta cómo la hermanita de la enfermería está pendiente de todo, como una mamá, y que le salga de un modo tan natural, conservando la sonrisa intacta. Me gusta ver su hábito blanco en la capilla, escucharles cantar las oraciones, que controlen los protocolos litúrgicos como algo normal en su día a día; que me saluden por la galería y que la hermanita del comedor se esmere tanto para que todo el mundo disfrute de la comida.

Me gusta su gratuidad, que te ofrezcan todo lo que son y tienen sin pedirte nada a cambio, que te acojan como si fuera tu propia casa, su confianza en la Providencia por medio de san José, que siempre tiene una notita con peticiones, un cartón de leche o un bote de café.

Me admira ver cómo se esfuerzan, su capacidad de entrega, de vencerse a sí mismas, de no cansarse nunca a pesar de tanto trabajo, del calor... que yo al tercer día ya estaba para el arrastre. Me gusta ver envejecer a las hermanitas, que sean parte de mi historia... aunque también me entristece.

Me gusta ver a la madre superiora de la casa, a la que quiero de una manera sobrenatural, como siempre que se quiere de verdad a alguien. Me gusta reconocerla por el filo del velo tras las esquinas, intuir su don para la bilocación. Me gusta ver como trata a l@s abues, con qué paciencia y su talento malagueño para hacerles reír. Me gusta sentarme a su lado en el recreo, escuchar sus carcajadas, hablar con otras hermanitas sin tomarse en serio nada que no merezca la pena. Me gusta disfrutar de su mera presencia, aunque no tengamos tiempo para charlar. Me gusta la inocencia de su corazón de niña. Me gusta porque vive lo que cree con intensidad, pero desde esa humildad de quien sabe que imponer sólo aleja a las personas de la verdad que todas llevamos grabada a fuego dentro. Me gusta que la esperanza sea su filosofía de vida. Trasmite una alegría inagotable, una energía arrolladora, una paz profunda. Creo que Jesús de Nazaret, con otra cultura y en otra época, sería muy parecido.

Sin duda lo mejor de estos días han sido l@s abues, de l@s que me enamoré completamente y eso que ganarse a l@s ancian@s catalanes no es nada fácil. Me encanta sonreírles, aun más, me encanta no poder reprimir la sonrisa cuando l@s veo desde lejos.

Me gusta que en la capilla siempre haya algún ancian@ sea la hora que sea, para que el Señor siempre esté acompañado por almas grandes, que le hablan desde lo profundo de su ser, con una transparencia y sinceridad que me desborda. Me gusta escuchar sus cuchicheos que oye todo el mundo porque la sordera les hace hablar con un par de decibelios de más. Me gusta rezar con ell@s, compartir banco con ell@s.

Me gusta darles de comer y chinchar a las abues que peor carácter tienen. Hablar con abues enfermas, aunque no me contesten o si lo hacen, suelten un montón de incoherencias. Me gusta su (dis)capacidad para olvidar y no guardar rencor y su ceguera ante los errores ajenos. Que sólo sepan ver las virtudes de las personas.

Me gusta estar con las empleadas, conocerlas y quererlas, porque también son personas heridas.

Me gusta servir y recoger las mesas del comedor de l@s válid@s y entre ir y venir, charlar... Me gusta recorrer la vieja Barcelona a través de sus ojos, una ciudad mágica a través de sus historias. Me gusta pasear con ell@s por una Barcelona majestuosa, caótica, cosmopolita. Me gusta conocer sus aficiones, sus mejores recuerdos y sus cartas de amor. Me gustan es@s abues que son de otras partes del planeta y tienen ese hablar suave y esas expresiones tan divertidas. Me gusta visitarles en sus habitaciones y que me cuenten cosas de épocas pasadas. Me gustan que se sientan escuchad@s y acompañad@s.
Hay que estar siempre de buen humor. A nuestr@s ancian@s no les gustan las caras tristes
(Sta Juana Jugan)
Me gusta que algunas abuelas no puedan parar quietas y estén en todas las salsas de la casa, que tengan unas ganas de vivir tan enormes y que l@s que ven un poquito más de cerca a la hermana muerte, no le tengan miedo, que hablen de ella sin tabúes, porque tienen conciencia de eternidad y de que su vida acaba de empezar. Me gusta que haya abuelas con ideas súper modernas sobre temas controvertidos y que no sean sumisas ni resignadas. Me gusta su disponibilidad. Me gusta que me hablen en catalán para, al rato, decirles que no me he empanao de nada, pero que no pasa “res”.

Me gusta la sobriedad que hay en todo, en toda la casa, en la decoración, en el ambiente. Que l@s abues quieran a las monjitas y que se lo digan, que se preocupen y pregunten por ellas. Me gusta palpar el cariño mutuo. Me gusta tocar a Jesús herido en realidades concretas como estas, poder vivir la religión en contacto con las personas y no desde aspectos etéreos o abstractos. 

Me gusta ver esas hermanitas que son como una abuela más: tan dulces, arrugadas y desmemoriadas que entran ganas de abrazarlas y apretujarlas. Me gusta acompañar a un anciano sacerdote, que me dé la manica y me vacile de una forma que alucino. Me gustan las despedidas que te dejan buenas sensaciones, en las que se note que los momentos compartidos han marcado. Y es que l@s abues son especialistas en hacer emocionante el   adiós.

Y en medio de tanta perfección, me encanta que se cometan errores... no sé, igual es porque me siento terriblemente identificada con la torpeza, pero me provoca ternura que la gente se equivoque de repente.

Me gusta ver una ciudad llena de vida tras las rejas de mi ventana y sentir el aire fresco del ventilador cuando, tumbada sobre la cama, me da en los pies. Me gusta la claridad que entra por las vidrieras de la capilla al mediodía y oír los sonidos de la calle, como un lejano ronroneo permanente. 

Me gusta pasear a solas por la ciudad, perderme en sus calles y reencontrarme sin querer. Me gusta mezclarme con guiris y los grupos de chin@s abarrotando las aceras. Me gusta la arquitectura gaudiana. Me gusta los espectáculos callejeros de las Ramblas y la música que recorre los callejones del barrio gótico. Me gusta sentarme en el paseo marítimo, cerrar los ojos y que esa brisa que huele a mar me roce la cara. Me gusta la gente tan diversa que va a su bola por el Raval. Me gustan las empinadas cuestas de Pedralbes y sus lujosos caserones... y allá en lo alto: el Tibidabo, con ese Cristo que abraza una ciudad que contiene el mundo entero.


"La vida dura un instante, pero basta este instante para emprender cosas eternas" (E. Bersot)
“Nunca olvides los beneficios recibidos, olvida pronto los que hiciste” (Publio Siro) 

sábado, 9 de abril de 2016

Hija amada, por vocación

* Semana Santa Franciscana en Madrid'16.

- Te dije que lo que Tú quisieras, pero no era de verdad. Y no quiero “culparte” ni enfadarme por no haber cumplido MI voluntad. Pero no puedo evitar sentir tristeza. Estás tan claro y evidente en las personas sin hogar, Dios Mendigo... Estaba tan segura de que me traías aquí, de la mano de Francisco, para estar con ell@s y así estar contigo. Me hacía tantísima ilusión, que no puedo evitar sentir rechazo por un voluntariado en un centro para hombres con discapacidad. Tú lo sabías, ¿por qué me haces esto?

- Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, lo comprenderás más tarde (Jn. 13, 7). ¿No me ves aquí, en estos hermanos tuyos que tienen la inocencia de unos niños y una ternura que me refleja? ¿No me ves crucificado y mendicante en ellos que también son excluidos y abandonados, quizás mucho más dependientes que aquellas personas que sufren la calle? ¿No encuentras una gran pobreza en carecer de salud? Haz el bien sin esperar nada a cambio (…) y serás hija de Dios (Lc. 6, 27 – 58).


Este fue mi primer diálogo con Jesús durante esta Pascua Franciscana. Y como siempre, Él tenía razón. Aunque al principio, anteponía las cosquillas en el corazón a la llamada a ser hija y heredera de un Dios Mendigo. Que precisamente es mendigo porque se da por completo, sin pedir nada a cambio, pero esperándolo todo. Él me puso a prueba y, por pura Gracia, elegí seguirle como Padre: desde una entrega incondicional en lo pequeño. Sin embargo, Él no se deja ganar en generosidad. ¡Gracias Señor! ¡Tuya es la gloria!

Pronto comprendí que nada podía hacer por aquellos hombres tan especiales, únicamente compartir mi cariño. Por el contrario, ellos nos acogieron, nos regalaron sus sonrisas, sus divertidos gestos y cantos, aceptaron que los acompañásemos a pasear y que les ayudásemos a comer. Su abrazo me tocó en lo más hondo. Si Misericordia es poner el corazón en la miseria de la otra persona, ellos fueron infinitamente misericordiosos conmigo. ¿Discapacidad? Su gran capacidad para confiarse en manos de desconocid@s, su gran capacidad para la alegría y sobre todo, para la ternura me desbordó totalmente. Y en el fondo de su mirada, se podía ver un alma prisionera de un cuerpo enfermo. El alma de un hijo muy amado. Mi hermano.

Entre los diversos rostros del Señor que trabajamos durante la Pascua, me quedo con éste: el rostro de la ternura del Padre. 
"Y al separarme de ell@s, lo que me había parecido amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo" (Test 1-3) - Francisco de Asís

martes, 2 de febrero de 2016

La rebelión de los maniquíes desnudos

"Cuenta la leyenda, que hubo una vez
una manada de maniquíes que se opuso
a que los convirtieran en meras perchas de ropa y etiquetas..."

Hace tiempo que quería escribir sobre las etiquetas. Pero sin el deseo de criticar a nadie (aunque sí algo), porque supongo que muchas veces -y la mayoría de ellas inconscientemente- también yo intento cumplir con mi etiqueta, me aferro a ella para no ser contradictoria y no salir de mi zona de confort.
Me han llamado conservadora y revolucionaria, feminazi y provida, hipster y descuidada, hippie y capitalista. Para mi profe de ciencias naturales era la chica del 4'75. Mucha gente me tiene por una persona tímida y en otros ambientes, en cambio, soy la payasa. No me identifica ninguna de esas clasificaciones. No totalmente. Al menos, en esta etapa de mi vida.

También la publicidad, la sociedad, la familia nos impone ciertos roles que “debemos” asumir. Las mujeres “debemos” resaltar por encima de todo la belleza física y el servicio incondicional (si no, nos convertimos en feas, gordas y malas). Los hombres “deben” ser atléticos, fuertes, sin demostraciones de ternura (y menos con el mismo sexo) ni de debilidad. 

Por no hablar de cómo las mayorías etiquetan de forma negativa ciertos comportamientos de minorías, sólo porque no son los habituales para la cultura predominante. Según la teoría de la reacción social, intentamos cumplir con las etiquetas que nos ponen, por tanto, si tildamos a alguien de delincuente, esa persona lo va a ser (explicado a grosso modo). Y esto verifica que los conflictos sociales son una cuestión comunitaria y no sólo de individuos concretos. Pero ese es otro tema del que no escribiré hoy.

La verdad, sólo quiero ser yo, con mis defectos y mis dones, pero yo al fin y al cabo. Siempre en esa búsqueda incansable de la verdad y con ella, la justicia. Con ideas de diferentes colores, pero que soy capaz de razonar por mí misma, aunque eso conlleve no pertenecer a ningún grupo o a varios, pero no del todo. 

No quiero preocuparme por mi forma de vestir, por cómo llevo el pelo ni por mis gustos musicales; no quiero sentir culpa por ser quien soy, aunque tenga ilusiones estúpidas, sueños imposibles, comportamientos tradicionalmente masculinos y en muchas ocasiones me sienta a medio camino entre dos polos opuestos. Y lo que es más importante, no quiero controlar cada palabra que salga de mi boca, dependiendo de quien esté presente; ni poner trabas a mis pensamientos porque no se ajustan a la imagen que me gustaría tener de mí misma y dar a l@s demás. No voy a esconderme tras un muro. 

De hecho, el problema no es mío, sino de la mirada ajena que espera estereotiparme. Y en esa mirada estamos todas las personas, no importa la ideología. Todas demostramos nuestra intolerancia, nuestra hipocresía. Ya lo decía la gran Chavela “a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.
El único pecado que no se perdona en España es el de no tomar bando y resistirse a unirse a un rebaño u otro.
El que tiene mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego (C.R.Zafón)
Necesitamos encasillar a la gente para que no nos sorprendan y hagan cosas que no hemos previsto. Pretendemos colonizar las mentes porque todo el mundo cree que su postura es la mejor. Queremos imitar a personas que parecen más felices, pero todo el mundo sufre rupturas y dificultades, la incomprensión, el miedo... aunque haya quien prefiera mostrar sólo la cara amable de su rutina.

Me molesta que no se respeten las ideas, opiniones y sensaciones de otras personas, simplemente porque son totalmente opuestas a las propias, no están de moda o cualquier otra razón. Insultarlas es insultar a quienes las defienden. Que pensar diferente nunca nos aleje de nadie, porque querer y tolerar a quien nos cae mal es igual a promover el buen trato que todo ser humano sin excepción merece.

"La mayoría de las personas crean su identidad personal en función de su identidad social. La autenticidad implica cambiar esta mentalidad"

Hay que ignorar la dictadura del etiquetado. Ser lo que somos, un desastre casi siempre, pero ¿a quién le importa? Si nos quieren, que sea por mostrarnos sin ataduras. El cariño se regala, no es algo que tengamos que comprar a cambio de nosotr@s mism@s.

El logro del patito feo no fue convertirse en cisne, fue abrir los ojos y la mente y decir: “cáspita, soy un cisne”. Manda a paseo todo lo que él creía saber sobre sí mismo y empieza una nueva vida, sin dejar que nadie le dijera quién es o qué podía esperar de la vida.

Patitos feos del mundo, romped ese nefasto espejo imaginario de una vez, extended esas hermosas alas de cisne, lanzáos al futuro con raudo vuelo de águila. (Jesús Mª Iriarte, psicólogo).


Afortunadamente, el alma de cada persona es mucho más profunda, es eterna.
Hay almas que uno tiene ganas de asomarse a ellas, como una ventana llena de sol (Lorca)

viernes, 1 de enero de 2016

Sale el sol desde el Raval

In memoriam

Hoy mismo me he encontrado con algun@s de l@s nuestr@s, que vienen a comer aquí. ¡Son tan amables! Dan las gracias desde lo profundo de sus corazones. No tienen nada. No es que les hayamos dado nada de más, pero ha bastado esto para darles la sensación de que se les ama, de que hay un lugar adonde pueden venir, de que se les ofrece un amor de hechos, de que se les toma en consideración”. “De l@s pobres he aprendido lo pobre que soy yo misma. Me dan infinitamente más de lo que doy: su alegría (se contentan con todo), su vitalidad para existir, su acogida, su manera de aceptar”. (Madre Teresa)

Hace un año que estuve en el Raval de Barcelona con las Misioneras de la Caridad. No escribí nada entonces, imposible ponerlo en palabras. Lo hago ahora.

Desde que llegó el otoño con su melancolía y sus cielos grises, los días que viví en el Reina de la Paz retornan a mi mente y a mi corazón, produciéndome esa sensación de calma y paz que me embriagó durante toda la experiencia. Pero no sólo la sensación. Sobre todo vuelven las personas. Tanto usuari@s como voluntari@s. Fueron tan buen@s conmigo... Sueño con verl@s y achucharl@s. Se me ensancha el alma. ¿Anécdotas? Muchas. Fregar los suelos con Mistol y luego patinarse por los pasillos puede ser divertidísimo.

Especialmente, me embeleso cuando las personas usuarias del comedor se asoman a mis pensamientos, silenciosos, de puntillas, sin querer molestar. “Las personas que vienen al comedor... no todas son “sin techo”, pero pasan por una mala racha. La mayoría han hecho carrera en la calle, son expertas en soledad, tienen máster en sufrir maltrato y, a pesar de ello, son doctoradas en humanidad”, escribí. 

No sé cómo explicarlo... tanto ellos como las personas en situación de sinhogarismo de Granada me enseñaron tantas cosas importantes de la vida que, últimamente, con el día a día y la rutina de seguridades, se me están olvidando... Ellos me hacen mejor persona. Ellos, que tan mal lo pasan y lo han pasado, tienen detallazos simples que me alegran irracionalmente: una sonrisa, una mirada, un “gracias”, un saludo o una despedida, un piropo, una conversación, un ajedrez bajo tensión, un dominó entre risas, esos vaciles... sobre todo esos vaciles. Ir paseando por las calles de Graná saludando ángeles de las aceras allá donde vayas... no tiene precio!! ¡Qué simpatía y qué arte!!

Son milagros vivos, porque es imposible que sean tan buenos cuando una sociedad ciega, sorda, muda, insensible e indiferente les da la espalda. Ellos hacen grande lo pequeño. ¡Los echo tanto de menos! Cada uno es insustituible. Acogen sin reservas. Cada día me daban lecciones de humanidad. Creo que es porque no tienen nada que esconder ni que aparentar. Su mirada va directa al corazón, no hay antifaz, careta o disfraz que pueda engañarles. La pobreza se les ha convertido en amarga, frívola y agresiva miseria, monstruo que les ha enseñado demasiadas veces a ser desconfiados. 

Que no se me acostumbre el corazón a esto... El valor de su dignidad resulta tan evidente... Su derecho subjetivo a una vivienda, a la alimentación, a la higiene, al respeto...

En Barcelona, cada mañana, atendíamos a 400 personas en dos turnos. Nacionales, nórdicos, latinos, marroquíes, asiáticos, hindúes, de África subsahariana... hippies, rastafaris, punkis, bboys, frikis... padres de familia, solteros, jóvenes, mayores, algunas mujeres... Muliculturalidad y diversidad al poder.

Aun me parece que me toca la nariz ese olor concentrado a sudor y tabaco, a calle y soledad.  Aun veo esas manos encalladas de uñas negras, esos rostros tatuados, barbudos y enfermos. Aun me desarmo ante esas miradas humildes, de quien ha visto y vivido situaciones tan inhumanas que repugnan solamente pensarlas. Son tantos instantes y tantas palabras que se atesoraron en el corazón para siempre... ¡Y servir a las Hermanitas del Cordero... Ése sí que fue un regalazo!!! ¡Y comer lo mismo que servíamos en el comedor... ¡¡TRANSPASANTE!!

Recuerdo que uno de mis últimos días, me dejaron recibir a las personas en la puerta con el voluntario más simpático y adorable. Teníamos que darles una cuchara y una servilleta. ¡Nunca he sido tan feliz como entonces en ese contacto directo! Saludarles con una sonrisa, mirarles directamente a los ojos, intercambiar algún comentario o alguna broma, ¡me ponía tan nerviosa...! Porque merecen un trato exquisito, mejor que el de reyes y grandes prohombres... Son ángeles... y, paradógicamente, se sienten tan poca cosa, hundidos en el fango, en la cloaca de la vida... No sabía nada sobre ellos, sobre su vida y es lo mejor para no juzgar.

En realidad, entre tanto ángel de estómago vacío, la única mendiga era yo, porque ellos suponen algo que necesito y sin ellos me falta lo esencial, que no sé que es. ¿Luz? No es por su circunstancia social ni económica... es por cómo son. Auténticos en sí mismos.

Escribí mucho después de cada servicio y al releer las anotaciones pienso que estaba loca de atar.

Lo fundamental de esta experiencia y que todavía no he mencionado tiene nombre: Jesús de Nazaret. Me fui totalmente abandonada en Él. Sin saber qué iba hacer, dónde iba a dormir... ¡a la aventura!! (y con mucho miedo). Por aquellos días, mi lema de vida después de unos Ejercicios Espirituales era “Me basta tu Gracia”. Fue una gozada experimentarla. Lo más grande. 

Por eso, en estos momentos que me da por recordar, se reaviva mi fe escasa y endeble, porque esto lo he vivido yo, ni me lo han contado ni lo he leído. No es un cuento, ni una fábula, ni una lección sobre dogmas y catecismo. Fue real. Es real. Y simple, nada sobrenatural. Jesús estaba en todo y en tod@s. Él era mi compañero, mi causa y consecuencia, mi meta y mi guía. Muchas veces, parecía que estaba fumada. “Hasta fregar platos o barrer suelos tiene un sentido mayor y lo hago con gusto porque lo hago por ellos."

Recuerdo que después de esos días siendo una vecina más del barrio, se me abrió tanto la mente y el alma que tenía unas ganas enormes de acoger y querer a todo el mundo. Y de regreso a casa, compartí autobús y conversación sobre cualquier tema imaginable, con un cubano afincado en Lleida y de nombre divertido. Cosas de los viajes.

La Madre Teresa me terminó de enamorar al conocerla más. Las sisters son muy buenas, pero tan frías... Sin embargo, me encantó que fueran mujeres fuertes, recias, infatigables. Cuando vi por primera vez el sari casi me desmayo de la emoción, y ese rezar suyo en inglés (Holy Mary, Mother of God, pray for us...), sentadas en el tatami de la capilla, descalzas... ¡asdfghjklñ!!

También fui afortunada porque los Jueves no había comedor y me dediqué a visitar Barcelona en compañía de esa soledad que es musa de poetas y artistas bohemi@s; sintiéndome una privilegiada en todo momento, mientras caminaba Rambla abajo hacia la Barceloneta o me perdía por esos callejones tétricos del Barrio Gótico. Una auténtica afortunada. Sin embargo, añoraba a la gente del comedor. La belleza de una ciudad no se puede comparar a la belleza humana. Nunca.

Casi al final, acompañé a las sisters a la Sagrada Familia, donde se juntaron todas las Madres Superioras de la provincia. Escuchamos Misa en la cripta de Gaudí, mientras un centenar de flashes nos ametrallaban desde la basílica. A continuación, hicimos un pequeño tour por esa catequesis construida a base de piedra y Providencia. Para acabar el día, celebraron una fiesta privada (sólo para monjas) en la casa de Sabadell donde aproveché para hablar con varias chicas que estaban acogidas allí, ¡muy lindas! A la vuelta, fuimos cantando canciones religiosas en inglés como locas y saludando a jóvenes en limusina.

Lo que más me costó fue la despedida, sólo comparable al desgarro al tener que abandonar a mi gente de Granada, y es que allí también fueron las personas en situación de “sin hogar” las que dieron felicidad a mi año lejos de casa. Fueron mi familia- o así lo sentí- porque me dieron todo el cariño necesario, todo el ánimo que requerían mis últimos esfuerzos antes de terminar la carrera, aumentaron mi autoestima hasta límites insospechados... “Te hemos dejado un pedacito de Dios”, me dijo uno cuando fui a verle al hospital el último día. Un pedacito no, a Dios entero, infinito. Son tan generosos...

Es curioso reflexionar sobre los sentimientos encontrados al recordar... regocijo, calma, cariño inmenso, agradecimiento, envidia de mi yo pasado con pase VIP hacia la felicidad... "Mientras yo viva, ellos no morirán" (ref. Gabriel Marcel). Y, algún día, volveré al Arc de Sant Agustí...

Al terminar de escribir esto, vuelven a conseguirlo. Las personas en situación de sin hogar siempre acercan a ese Amor divino y humano. Será porque se parecen muchísimo a Él. Porque son Él. “A mí me lo hicisteis...
"La impotencia que se experimenta junto al pobre, el miedo que nos atenaza... dejan lugar al amor que nuestro pobre corazón no puede producir, a un amor hasta entonces desconocido. Sí, otro corazón late en el nuestro, el de Jesús que ama al pobre y le salva haciéndose uno con él, haciéndose un@ conmigo. Sí, la Misericordia que nos envía hacia l@s pobres es un amor más fuerte que la muerte. Del seno de estas tinieblas, en medio de tantos rostros de sufrimiento, surge la Santa Faz de Jesús, que irradia esta luz del Amor que las tinieblas no pueden alcanzar. El Divino Mendigo busca nuestra fe, nuestro amor, nuestra adoración, para que en la noche del mundo, estallen la ternura del Padre y la consolación del Espíritu Santo, el poder de la Resurrección, victoriosa de las tinieblas, del mal y de la muerte. En su persona, Jesús ha dado muerte al odio." (Htas. del Cordero)

Haznos dignas, Señor, de servir a nuestr@s herman@s.
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.